Crónicas, Viajes

“When I write I can shake off all my cares. My sorrow disappears, my spirits are revived!”.

En esta semana volví de mi último viaje del 2019. Praga y Amsterdam son dos ciudades increíblemente hermosas. Una parece un cuento Disney y la otra representa el libertinaje en estado puro, respectivamente hablando.
Un recorrido de casi cinco meses en el que he visitado un total de seis países distintos. Más de 15 ciudades, una decenas de pueblos y una gran cantidad de buenos recuerdos. Aunque también han habido malos. La vida no es color arcoíris.
Primero quiero agradecer las visitas a mi página desde que la cree. Un total de 21.100 a pesar de tenerla un poco abandonada últimamente por temas personales. Gracias por el apoyo y a los que me han pedido que suba más críticas sociales o los fotoreportajes de los que hablé en otras entradas. De verdad agradezco mucho las palabras bonitas en esta etapa de mi vida que necesito una sobredosis de comentarios positivos.
Aprovecho para decirles que he creado un esquema que me “obligará” a publicar más seguido.
El orden de las entradas a partir de ahora (sin contar esta) será el siguiente: Comenzaré con publicaciones de temática social. Al estilo críticas culturales, crónicas de circunstancias injustas en las que me he encontrado (o personas de mi círculo han vivido) y artículos totalmente subjetivos de temas triviales (ya saben, “how do I see the world).
El siguiente estilo será temática sexual. Empezaré a escribir sobre cómo las mujeres de hoy en día vivimos y sentimos cumplir (o no) con estereotipos sexuales. Cómo y cuándo realmente disfrutamos el sexo y tratar de desmentir ciertos mitos. ¿En serio todavía hay personas que creen que las mujeres no nos masturbamos? Por favor, no contesten. Esto es una pregunta retórica. Me ofende el saber que hay gente que creen que no y que nuestra flor solo sirve para que nos introduzcan el miembro masculino o cumplir una función meramente reproductiva.
Después de estas, le seguirán entradas que constarán únicamente de fotos. Tipo fotoreportajes o simplemente imágenes que quiero compartir de sitios maravillosos en los que he estado, o en los que estaré (si Dios quiere) y simplemente quiero enseñar. Los que me siguen en Instagram ya han visto todas las fotos de mis últimas aventuras tomadas con el teléfono (bueno, mis teléfonos, aún no sé por qué tengo dos aparatos, eso es algo que tengo que resolver pronto) pero no las de la cámara. Esta semana que viene tengo que hacer el ‘vaciado’ de la tarjeta de memoria.
Espero que mis lectores estén conformes con este nuevo orden y/o temáticas. Si no lo están, no me lean. Es broma, últimamente ando más sarcástica que nunca, saben de sobra que acepto críticas constructivas.
Por otro lado, quería aprovechar este post para compartir con Ustedes una pequeña reflexión.
Hace unos días cumplí uno de mis sueños: ir al museo de Ana Frank. Estuve llorando durante casi todo el recorrido por la casa que ella y su familia vivieron durante dos años en Amsterdam, huyendo de la Alemania Nazi.
Los que me conocen saben que tengo una obsesión con la historia de Europa, concretamente con la de Alemania y en especial con la primera y segunda guerra mundial, además de la de la Guerra fría que terminó con la caída del muro de Berlín. Saben que Berlín es mi ciudad preferida y que si en algún futuro decido tener hijos, si es niña se llamará Berlín (cosa que cada vez tengo más claro que no tendré, o que terminaré adoptando, porque el tema niños es un universo el cual no me apasiona descubrir). Además, así sigo con la coña de llamar a mi hija como una ciudad igual que yo. Y qué sufra las mismas bromas sin gracia que su madre.

Siempre que escucho una historia o después de ver una película relacionada con el holocausto termino llorando como una niña porque me siento tan mal conmigo misma al pensar que mis problemas son “una gran cosa”. Y no es así. El otro día en Santo Domingo vi “El niño del pijama de rallas” y estuve 3 días meditando sobre la vida y lo banales en lo que nos hemos convertido después de la caída del Muro. So sad…
Ana Frank soñaba con ser una periodista famosa y una escritora de renombre. Vivió durante dos años sin hacer ruidos y relatando de una manera majestuosa en su diario cómo vivían, y cómo los judíos y todos los que fueran distintos eran tratados como si fueran escoria.
Diario que terminé comprando en la tienda del museo. La crueldad, las circunstancias, y el cómo ella sufrió solo por haber nacido judía me partió el corazón (sí, aún más). Lloré durante la visita, lloré al llegar al hostal donde nos hospedábamos y lloré anoche al leerme las primeras líneas del libro. Sabía que tendría un efecto fuerte en mí la visita al museo. Pero nunca que sería tanto.
Entonces pensé en mis problemas. Esos que a veces no me dejaban dormir. Tenía días enfadada conmigo misma por no superar un amor que según mi conciencia (y todos los que me quieren) debería de estar muerto; por seguir teniendo sentimientos hacia alguien que los últimos años de relación solo hizo que darme problemas y tormentos. Por no hablar de las cosas sin sentido las cuales había dicho esta persona a gente de mi entorno sobre todo lo que había aportado en mi vida. ¿En serio? Que me pinten como si fuera una mantenida es la cosa más ofensiva que jamás he sentido. O que se atribuyan méritos que han sido únicamente míos me ha desgarrado el alma. Por eso jamás volveré a poner mi felicidad en manos de otra persona que no sea la mía propia. Porque la gente te decepciona. Siempre he dicho que el sentimiento que más detesto es la decepción. Mezcla todo lo malo y no te deja avanzar porque esperabas una cosa y recibes otra totalmente contraria. Porque creías una cosa y luego resulta ser otra equívoca.
Porque en serio cuando alguien te dice “fulano/a dijo X de ti” tú pensando que esa persona te conocía, hace que el corazón se siga rompiendo. Porque molesta que se dedique a decir mentiras tú sabiendo la realidad. Y solo seas capaz de decir alucinando “eso es mentira… eso nunca pasó… o simplemente llorar porque hayan envenenado a otros contra ti”. (Últimamente lloro de nada, el ver mundo, ver niños pasando hambre o que me cuente una historia conmovedora, han hecho que mi sentido de la sensibilidad haya crecido). Que la imagen que tengas de cierta persona se desmorone y entonces empieces a ver lo que realmente es. La decepción inunda tu cuerpo y alma y te deja un vacío que no se puede explicar con palabras. Y aunque joda admitirlo, cuando algo no está superado, aún ejerce control (aunque sea mínimo) sobre ti. Aunque sea el de terminar llorando. Porque aunque pensaba que aún había una última conversación pendiente, hoy por hoy, sólo quiero alejarme lo más que pueda y seguir mi vida lo más acorde a lo que yo creo que es correcto. No cruzar palabras nunca más. Bloquear todo lo negativo y las informaciones que me van llegando. Lejos de lo malo, de las grandes decepciones y de los grandes errores. Esos que jamás voy a volver a repetir.
Nunca pensé que una herida podría reabrirse con palabras tan feas. Que alguien podía pasar del respeto a la deshonra en cuestión de segundos. Que blasfemara mi memoria o todo lo que yo había hecho con una sola afirmación. Sentir haber perdido el tiempo es una sensación horrorosa.
Estaba enfadada conmigo misma por no saber valorar las personas que tengo a mi lado, por no saber valorar un amor puro y desinteresado porque aún mi mente estaba estancada en el pasado. Eso no es justo. Y como no es justo, tengo que equilibrar la balanza de libra.

Pero, ¿de verdad estos eran mis mayores problemas? Luego pensaba en Ana y rompía a llorar. De hecho cada vez que pienso en ella se me aguan los ojos.
Mis problemas son una estupidez al lado de los que tenía ella. ¡De los que miles de judíos en esa época tenían!
Recordé mis problemas a los 7 años. En la peor etapa de mi vida (hasta ahora). Donde eran serios de verdad, eran cuestión de vida o muerte. Recuerdo la madurez con la que actué en ese entonces; me gustaría tenerla 20 años después.
Entonces pensé en los cientos, miles de niños maltratados que no tienen voz y en los que han muerto a manos de sus propios padres o familiares. Pensé en los que han muerto solo por ser judíos, polacos o simplemente “distintos”. Más de 6 millones de judíos asesinados en la Alemania Nazi.
Entonces releí la foto de la frase que escribió Ana Frank poco antes de morir (está prohibidísimo hacer fotos en el museo, por eso no puedo compartir las pocas que tengo):
“When I write I can shake off all my cares. My sorrow disappears, my spirits are revived!”.
Esto lo escribió el 5 de abril del 1944. Días antes de que la Gestapo tocara su puerta y la separara de su familia para meses más tarde morir en un campo de concentración a causa de una fiebre.
Tras leer esa frase comprendí muchas cosas. Cuando era niña y vivía en Santo Domingo, era feliz en el colegio aprendiendo cosas nuevas, sobretodo cuando me hablaban de animales y las plantas. No por mis compañeros de clase. Y cuando llegaba a casa era feliz con Clyde y Bonnie (mis perros, sí, mi padre le puso el nombre de los fugitivos más buscados estadounidenses y no lo pillé hasta el año pasado, unicornio total soy últimamente. El despiste personificado). Cuando llegué a Barcelona era feliz inventando historias y teniendo una imaginación que me hacía ganar los premios de San Jordi de mi clase cuando decidía plasmar los cuentos en papel (o los dibujos). Ahora soy feliz viendo mundo, bailando o escuchando música mientras conduzco. Cuando tomo mi taza de café o en mi momento Pinterest. Leyendo y sobretodo: escribiendo. Estando sola.

Eso es lo que tienen estas circunstancias en común: mi soledad.
Así que decidí estar sola un tiempo para aclararme y centrarme en mí. Solo en mí y nada más que en mí. En superar ciertas historias del pasado por mí misma, sin huir y exteriorizando todo lo que siento en ese momento (sí, antes de ayer empecé un diario). En la búsqueda de trabajo y en decidir si me voy un tiempo a otro país a vivir. Me he puesto una fecha límite para tomar la decisión, poco menos de un mes, para ser exactos.

He decidido equilibrar la balanza de mi signo zodiacal. Sanar para poder dar el 100% otra vez. No el 60% ni el 70%, si no el 100%. Como siempre había hecho antes. Y entonces volveré y lucharé por una relación que sé que vale la pena.

Pero sobretodo: en terminar mi libro. Un libro que cada vez que escribo una palabra me conmueve el corazón. Un libro que siempre estoy a puntito de terminar hasta que termino añadiendo algo más que mi subconsciente había decidido enterrar por protección. Un libro al que le estoy dedicando todo mi tiempo libre, amor y dedicación. Porque igual que le pasaba a Ana Frank, “cuando escribo todos mis miedos son sacudidos. Mis dolores desaparecen, mi espíritu revive!”

Gracias por leerme,

Milán.


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